El sábado en Medellín no fue un día cualquiera. Fue la culminación de un camino construido con autoridad, esfuerzo y una convicción inquebrantable. Para la Selección Colombia, cada posesión tenía un peso distinto: no solo estaba en juego el paso a la final, sino el anhelado cupo al Campeonato Mundial.
En la semifinal, el rival fue Suiza, un equipo ya conocido pero siempre exigente. El inicio no fue sencillo. Colombia comenzó abajo en el marcador, enfrentando a un rival ordenado y disciplinado que supo golpear primero. Sin embargo, lejos de desordenarse, el equipo mantuvo la calma. Ajustó su presión, encontró mejores líneas de pase y, poco a poco, empezó a inclinar la balanza.
Con el paso de los minutos, la tricolor recuperó el control del juego. La intensidad defensiva y la claridad en la ejecución marcaron la diferencia, permitiendo no solo remontar, sino consolidar una ventaja que ya no soltaría. El 53–41 final fue reflejo de un equipo sólido, estratégico y convencido de su objetivo.

Pero más allá del resultado, el significado fue mayor. Con esa victoria, Colombia aseguró su clasificación al Campeonato Mundial en São Paulo, sellando un logro que trasciende el torneo: el país estará, por tercera vez consecutiva, entre la élite del rugby en silla de ruedas. Fue el premio a un proceso sostenido, a un grupo que decidió creer y competir hasta el final. En Medellín, Colombia no solo ganó un partido; escribió una página histórica.
Con el boleto en mano y el invicto intacto, la selección saltó horas después a disputar la gran final ante Países Bajos. El ambiente, la expectativa y el nivel del rival anticipaban un cierre a la altura del campeonato.
Y así fue. Colombia inició mejor, tomando una ventaja de tres puntos que encendió al público y confirmó su ambición. Sin embargo, las finales son escenarios donde los detalles definen, y Países Bajos encontró respuestas en el segundo periodo, dándole vuelta al marcador y estirando la diferencia a más de cinco puntos.

Lejos de rendirse, Colombia volvió a mostrar su carácter. A falta de cuatro minutos, elevó la presión, forzó errores y logró acercarse a tan solo un punto, en un cierre cargado de tensión. El partido se jugó al límite hasta los últimos segundos, pero la efectividad de Países Bajos en el tramo final terminó inclinando la balanza. El 45–43 decretó el título para los europeos.
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La derrota dolió, como duele perder una final por detalles. Pero también dejó una certeza: Colombia está para competirle a cualquiera. El subcampeonato no es un consuelo menor; es la confirmación de un equipo que creció, que dominó el torneo y que llevó el nivel competitivo al máximo.

El podio quedó con Países Bajos en lo más alto, Colombia con la medalla de plata y Nueva Zelanda completando el tercer lugar. Más importante aún, Colombia cumplió el gran objetivo: clasificarse al Mundial de Brasil, donde buscará meterse entre los seis mejores del planeta, sin descartar nuevas sorpresas.
Medellín fue testigo de un equipo que dejó todo en la cancha, que jugó con identidad y que puso a soñar a todo un país. El camino continúa, pero este capítulo ya quedó marcado: Colombia está de vuelta en la escena mundial, y llega con argumentos para competir.
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